Silencio administrativo
sábado, 26 de mayo de 2012
miércoles, 23 de mayo de 2012
Ansiedad.
Hay cosas que no se pueden
decir. Mejor no
callarlas.
Decaimiento.
Hay que luchar.
Estamos en la lucha.
¿Qué lucha? Nos están
jodiendo.
Depresión.
No voy a aguantar.
Aguantarás.
No te agobies. No
te compliques la vida.
Piensa en ti y en
los tuyos.
Hay gente que
te quiere.
La vida es
una mierda.
No merece la pena.
No encuentras alicientes.
Mal humor.
Discusiones.
Me falta ilusión.
No, no aguanta-
ré. A veces pienso
que no aguantaré.
Paso a recoger
al niño. Parece
ajeno a todo.
¡Qué digo!
El niño es ajeno
a todo. Como tiene
que ser.
Volvemos a casa
entreteniéndonos
con cualquier cosa,
parándonos en plena calle,
como si el tiempo no tuviese
importancia, como si pudiésemos
permitirnos desperdiciarlo.
De repente, el niño me pide que
me siente con él en un escalón
en un portal de una casa. Y
me siento. La situación
es un poco ridícula.
La gente pasa
cubierta de una dignidad
extraña. A medio metro
del suelo las cosas se ven
de otro modo. El niño ríe, como si
fuese consciente de haberme
llevado, digamos, a
un territorio
que es más suyo
que mío.
Lo miro y pienso
que tal vez yo esté aprendiendo
tanto de él
como él de mí.
Esa especie de mirada virgen,
lúdica,
es tal vez lo que yo he perdido
y ya no recuerdo
y es el niño quien me la está
recordando.
Hay cosas que no se pueden
decir. Mejor no
callarlas.
Decaimiento.
Hay que luchar.
Estamos en la lucha.
¿Qué lucha? Nos están
jodiendo.
Depresión.
No voy a aguantar.
Aguantarás.
No te agobies. No
te compliques la vida.
Piensa en ti y en
los tuyos.
Hay gente que
te quiere.
La vida es
una mierda.
No merece la pena.
No encuentras alicientes.
Mal humor.
Discusiones.
Me falta ilusión.
No, no aguanta-
ré. A veces pienso
que no aguantaré.
Paso a recoger
al niño. Parece
ajeno a todo.
¡Qué digo!
El niño es ajeno
a todo. Como tiene
que ser.
Volvemos a casa
entreteniéndonos
con cualquier cosa,
parándonos en plena calle,
como si el tiempo no tuviese
importancia, como si pudiésemos
permitirnos desperdiciarlo.
De repente, el niño me pide que
me siente con él en un escalón
en un portal de una casa. Y
me siento. La situación
es un poco ridícula.
La gente pasa
cubierta de una dignidad
extraña. A medio metro
del suelo las cosas se ven
de otro modo. El niño ríe, como si
fuese consciente de haberme
llevado, digamos, a
un territorio
que es más suyo
que mío.
Lo miro y pienso
que tal vez yo esté aprendiendo
tanto de él
como él de mí.
Esa especie de mirada virgen,
lúdica,
es tal vez lo que yo he perdido
y ya no recuerdo
y es el niño quien me la está
recordando.
Etiquetas:
Diario impersonal,
Para creer en el amor,
Yan Pei-Ming
martes, 22 de mayo de 2012
De todas las medidas para ahorrarse pasta las administraciones educativas la peor, sin duda, es el aumento de la ratio de alumnos a treinta y seis por grupo y aula. La que va a destrozar definitivamente la convivencia en el aula.
Recuerdo cuando empezaron con lo de la LOGSE. Fue un mazazo. De pronto, se les dijo a los profes de instituto que iban a tener, en un mismo grupo, a alumnos con necesidades especiales (por ejemplo, con síndrome de Down, o con alguna minusvalía, que de esa manera se tenían que sentir integrados en un grupo "normal"), a los alumnos malos académicamente que antes elegían al cumplir los catorce una formación profesional (se suponía en la LOGSE que la ESO iba a proporcionarles una formación profesional básica, de manera que esos malos alumnos también se iban a sentir integrados en un grupo "normal", pues sus necesidades de aprendizaje serían cubiertas), a los alumnos buenos académicamente (destinados a continuar sus estudios en la universidad; los que anteriormente integraban la educación secundaria, es decir, el BUP, y que a partir de la LOGSE tuvieron que sentirse integrados en un grupo "normal").
Normalidad ante todo. El profesor ha de aprender a diversificar su función, se acabaron las antiguas clases magistrales. Ahora hay que atender en un mismo nivel educativo alumnos muy diferentes.
Luego llegaron los inmigrantes que no sabían leer ni hablar nuestro idioma. De modo que uno entraba en una clase de ESO y se encontraba: un alumno con alguna minusvalía, absolutamente arrinconado en el aula y que para nada se sentía integrado en esa supuesta normalidad que se predicaba; varios alumnos malos académicamente, para los que los estudios seguían siendo demasiado teóricos (y a los que se les ofreció una solución: pasarlos de curso a pesar de suspender todas las asignaturas, para de esa manera no afectarles psicológicamente; a partir de entonces te podías encontrar en cuarto de ESO perfectamente un alumno que no había aprobado ninguna asignatura de primero, segundo y tercero, incapaz por supuesto de asimilar cualquier contenido de cuarto y para nada sintiéndose integrado en esa supuesta normalidad, sino tratando de encontrar válvulas de escape para su débil autoestima entorpeciendo las clases y haciéndose el gracioso a todas horas a costa del resto de alumnos); varios alumnos de diversos orígenes, generalmente del Este, que llegaban con el curso empezado y no entendían nada y a los que el profesor no podía atender por mucho que se diversificara, a no ser que hubiese hecho un curso acelerado de cirílico; y finalmente, varios alumnos estudiosos que eran los que tiraban del grupo y entendían medianamente lo que uno les quería decir.
Toda esta situación mejoró cuando se dijo que lo recomendable era reducir al máximo la ratio de alumnos; pues de ese modo sería posible efectivamente atender mejor las necesidades concretas de cada tipo de alumnos. Se mantuvo como tope una ratio de treinta; y sin embargo, por ejemplo, yo he llegado a trabajar en centros en los que los grupos de ESO tenían quince o veinte alumnos, de modo que toda esa diversidad era mucho más llevadera. El ideal de la diversificación en cierto modo se cumplía en los grupos más reducidos, en los que uno podía plantear ejercicios más teóricos a los alumnos buenos académicamente y más prácticos a los que no les interesaba la teoría, perder unos minutos ayudando al alumno que tiene una minusvalía y tratar de hacerse entender mediante el lenguaje de signos con quien no sabe leer ni hablar ninguna de nuestras lenguas.
Esta situación no ha cambiado. Ya nadie habla de los problemas de convivencia en las aulas de los institutos, de la dificultad de hacer llegar los contenidos de secundaria a todos los alumnos, de los problemas de integración de muchos de ellos. Y sin embargo, se pretende aumentar la ratio, agrupar el máximo número de alumnos y romper con ello el escaso equilibrio que se había alcanzado.
domingo, 20 de mayo de 2012
Cenar con ella
a solas
en un sitio cualquiera.
¿Cómo se llamaba
aquel pequeño restaurante
en Ruzafa?
No lo recuerdo.
Estamos jodidos.
Nos resulta irreal
que el mundo siga
funcionando en sentido lúdico
bajo estas circunstancias.
Gente en las calles,
saliendo, cenando en los bares,
como nosotros. Parece
una especie de orgía
terminal. Vivimos
soportando el estrangulamiento
al que nos someten los de arriba
con medidas de gobierno que llaman,
eufemísticamente, de austeridad.
Soportamos un ataque absolutamente dirigido
en nuestra contra y, sin embargo,
continuamos saliendo, haciendo como que
nos divertimos. Si nos vieran
podrían decir que no es para tanto.
Parece que no nos importe y
que toda esa gente que circula
alegremente por las calles de Ruzafa
goce de una especial inconsciencia.
Una tregua. La renuncia a abandonar
un estilo de vida. ¡No somos
alemanes, hostia!
Entramos en un sitio
en donde suena una vieja canción
de Echo & the Bunnymen:
"Bring on the Dancing Horses".
No es preciso que nos pongamos a bailar,
le digo a ella. (Se ha puesto a brincar
como una loca y me hace sentir un poco
incómodo.) Pero si no hay nadie, dice.
En efecto, nadie hay a nuestro alrededor.
a solas
en un sitio cualquiera.
¿Cómo se llamaba
aquel pequeño restaurante
en Ruzafa?
No lo recuerdo.
Estamos jodidos.
Nos resulta irreal
que el mundo siga
funcionando en sentido lúdico
bajo estas circunstancias.
Gente en las calles,
saliendo, cenando en los bares,
como nosotros. Parece
una especie de orgía
terminal. Vivimos
soportando el estrangulamiento
al que nos someten los de arriba
con medidas de gobierno que llaman,
eufemísticamente, de austeridad.
Soportamos un ataque absolutamente dirigido
en nuestra contra y, sin embargo,
continuamos saliendo, haciendo como que
nos divertimos. Si nos vieran
podrían decir que no es para tanto.
Parece que no nos importe y
que toda esa gente que circula
alegremente por las calles de Ruzafa
goce de una especial inconsciencia.
Una tregua. La renuncia a abandonar
un estilo de vida. ¡No somos
alemanes, hostia!
Entramos en un sitio
en donde suena una vieja canción
de Echo & the Bunnymen:
"Bring on the Dancing Horses".
No es preciso que nos pongamos a bailar,
le digo a ella. (Se ha puesto a brincar
como una loca y me hace sentir un poco
incómodo.) Pero si no hay nadie, dice.
En efecto, nadie hay a nuestro alrededor.
viernes, 18 de mayo de 2012
(Observaciones de S., la mujer)
Ya son muchos días sin José Moro, tal vez demmasiados. Ni tan siquiera nos llegan noticias de su lugar de trabajo. En efecto, los jefes y los clientes de José Moro no se han puesto en contacto conmigo, la mujer. Parece que José Moro siga yendo a trabajar todos los días, religiosamente, en silencio. ¿Dónde duerme el hideputa, en este caso? Esto es, si está escondido por qué no me dice nada. Ausentarse debe ser para él como un juego. Su desaparición me está doliendo. No me duele tanto no poder verle, sino no saber si lo voy a volver a ver alguna vez o no. Me inquieta el presentimiento que tengo de que José Moro puede serguir queriéndome. Yo creo que, en efecto, desea mi cuerpo por las noches. José Moro me sigue por la casa, como si fuera un perrito; me roza con su mano, inclusive. Tengo en efecto la rara sensación de que mi marido está junto a mí y sin embargo no puede hablarme; no me dice nada, nunca me dice nada. Algo debe impedírselo. Tal vez la mentira que José Moro se había inventado sobre la invisibilidad haya podido hacerse realidad de algún modo. Nada hay como pronunciar en voz alta una mentira para que se materialice o se convierta en una amenaza inminente. Es posible que la obsesión de José Moro por desaparecer fuese en el fondo el miedo profundo a que esto mismo sucediera. Tal vez José Moro temía ardorosamente dejar de ser él mismo, en definitiva una mierda insignificante. José Moro era un don nadie y le dolía. Pero lo más doloroso para él sería dejar de sentirse querido por mí; al menos eso es lo que solía decirme siempre. ¿Es que le he fallado en algo? Yo siempre he procurado ser para él una buena compañera. Bien es cierto que trabajo mucho en estos tiempos de crisis y es él, José Moro, quien ha tenido que ocuparse del niño: vestirlo y darle de desayunar, llevarlo al colegio y recogerlo, estar por las tardes con el pequeño en las plazas y los parques. José Moro no es mal padre, no tengo queja de ello. No obstante a pesar de todo ha sido siempre un padre ausente; pues José Moro tiene la rara capacidad de estar sin estar. Tal vez su desaparición absoluta sea en cierto sentido la realización de su yo verdadero. Esa forma de comportarse que ha tenido siempre, como colgado de una rama gorda, aletargado o drogado, probablemente fuera el preámbulo de esta otra especie de muerte que José Moro está teniendo. Para mí, en efecto, es como si mi marido hubiese muerto; de no ser por esa extraña sensación que tengo de que José Moro está aquí, conmigo, ahora mismo, como una sombra silenciosa. Lo raro es que en su biblioteca continúa habiendo movimiento. No he vuelto a ver volar libro alguno, no. Sin embargo, de vez en cuando hay volúmenes, novelas, casi siempre, que cambian de lugar; pasan de los estantes a una mesa, aparecen marcas entre sus páginas, separadores, como si alguien los estuviera leyendo. Contraluz, de Thomas Pynchon, sin embargo, se ha esfumado, no lo encuentro por ningún lado. Si se trata de él, José Moro, yo querría saber qué opina de estas lecturas, si le gustan o no, si ha descubierto recientemente algun autor interesante. Que me lo cuente como solía hacer antes, cuando nuestra relación era sana y cordial. Nada. El silencio es total.
Ya son muchos días sin José Moro, tal vez demmasiados. Ni tan siquiera nos llegan noticias de su lugar de trabajo. En efecto, los jefes y los clientes de José Moro no se han puesto en contacto conmigo, la mujer. Parece que José Moro siga yendo a trabajar todos los días, religiosamente, en silencio. ¿Dónde duerme el hideputa, en este caso? Esto es, si está escondido por qué no me dice nada. Ausentarse debe ser para él como un juego. Su desaparición me está doliendo. No me duele tanto no poder verle, sino no saber si lo voy a volver a ver alguna vez o no. Me inquieta el presentimiento que tengo de que José Moro puede serguir queriéndome. Yo creo que, en efecto, desea mi cuerpo por las noches. José Moro me sigue por la casa, como si fuera un perrito; me roza con su mano, inclusive. Tengo en efecto la rara sensación de que mi marido está junto a mí y sin embargo no puede hablarme; no me dice nada, nunca me dice nada. Algo debe impedírselo. Tal vez la mentira que José Moro se había inventado sobre la invisibilidad haya podido hacerse realidad de algún modo. Nada hay como pronunciar en voz alta una mentira para que se materialice o se convierta en una amenaza inminente. Es posible que la obsesión de José Moro por desaparecer fuese en el fondo el miedo profundo a que esto mismo sucediera. Tal vez José Moro temía ardorosamente dejar de ser él mismo, en definitiva una mierda insignificante. José Moro era un don nadie y le dolía. Pero lo más doloroso para él sería dejar de sentirse querido por mí; al menos eso es lo que solía decirme siempre. ¿Es que le he fallado en algo? Yo siempre he procurado ser para él una buena compañera. Bien es cierto que trabajo mucho en estos tiempos de crisis y es él, José Moro, quien ha tenido que ocuparse del niño: vestirlo y darle de desayunar, llevarlo al colegio y recogerlo, estar por las tardes con el pequeño en las plazas y los parques. José Moro no es mal padre, no tengo queja de ello. No obstante a pesar de todo ha sido siempre un padre ausente; pues José Moro tiene la rara capacidad de estar sin estar. Tal vez su desaparición absoluta sea en cierto sentido la realización de su yo verdadero. Esa forma de comportarse que ha tenido siempre, como colgado de una rama gorda, aletargado o drogado, probablemente fuera el preámbulo de esta otra especie de muerte que José Moro está teniendo. Para mí, en efecto, es como si mi marido hubiese muerto; de no ser por esa extraña sensación que tengo de que José Moro está aquí, conmigo, ahora mismo, como una sombra silenciosa. Lo raro es que en su biblioteca continúa habiendo movimiento. No he vuelto a ver volar libro alguno, no. Sin embargo, de vez en cuando hay volúmenes, novelas, casi siempre, que cambian de lugar; pasan de los estantes a una mesa, aparecen marcas entre sus páginas, separadores, como si alguien los estuviera leyendo. Contraluz, de Thomas Pynchon, sin embargo, se ha esfumado, no lo encuentro por ningún lado. Si se trata de él, José Moro, yo querría saber qué opina de estas lecturas, si le gustan o no, si ha descubierto recientemente algun autor interesante. Que me lo cuente como solía hacer antes, cuando nuestra relación era sana y cordial. Nada. El silencio es total.
Etiquetas:
Contraluz de Thomas Pynchon,
Vilhelm Hammershøi
jueves, 17 de mayo de 2012
Casi un lustro sin Umbral; esto es, sin Francisco Pérez Martínez. Porque Umbral sigue, se vuelve a editar. Rancio, como siempre, pedante, decadente, falso dandy, tardío, caricatura de sí mismo, señor mayor, aun siendo joven, lírico de pacotilla, excesivo, egomaníaco, trepa, lameculos, traidor... Yo qué sé. Desde que empecé a leerlo he ido descubriendo muchos umbrales. A mi modo de ver, Umbral sobrepasó todos sus límites; fue muy poco justo con su talento. Rizó el rizo demasiadas veces. Pudo haber sido muy grande, probablemente. O tal vez no, es posible que él mismo fuese consciente de no poder alcanzar las cotas de sus grandes modelos, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del Veintisiete, también Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna y Pablo Neruda. Umbral era otra cosa; quizá un producto de su época, para mal, y de su propio provincianismo de origen vallisoletano. Deudor de un lirismo modernista, pasado de moda, y, al mismo tiempo, promotor de una nueva moral provocadora y abierta al sexo, individualista y fálica. Rara mezcla del modernismo frondoso de los que ya he citado y el vitalismo nihilista de los norteamericanos Henry Miller y Charles Bukowski, que también leyó nuestro Umbral cuando empezaron a ponerse de moda.
Si una virtud tiene Umbral es que lo dice todo. De manera enroscada, muchas veces, con ese lenguaje suyo metafórico, lo va contando todo, la trastienda de su oficio de escritor, sus ganas tremendas de alcanzar gloria y celebridad, su apego por el famoseo (esa guapa gente), sus opiniones sobre sus colegas escritores, cualquier cosa. La literatura de Umbral es cualquier cosa; eso es a mi modo de ver lo que la hace moderna. Su estilo me gusta menos. Me parece antiguo, rancio, irreal. Umbral escribe como apariencia; para vestirse, al contrario que otros escritores, que escriben para desnudarse. Umbral en efecto se hizo un traje, o muchos, con sus libros; es decir, la literatura le disfrazaba y con ella, ese disfraz de escritor antiguo y moderno, funcionaba en la vida. Digamos que Umbral tuvo en sus libros una actitud moderna, nueva, y sin embargo los adornó con un lenguaje viejo, clasicorro y excesivamente afiligranado.
Hay algo que me gusta poco en Umbral. Sus provocaciones han envejecido mal, a mi modo de ver. Ese folleteo suyo, tan como de broma y tan poco pasional. Como si se las follase a todas de mentira, sin desvestirse o sin quitarse el disfraz. Como bufonada, ese folleteo suyo apunta menos a la crudeza sexual (y moral) de los norteamericanos Miller y Bukowski, que a la parida patria, típica de la época de la Transición y del "destape español", aunque el mismo Umbral creyera lo contrario. Umbral no es un individualista libre y desclasado, autodestructivo y solitario, como los americanos, sino un artista provinciano y contradictorio, que pretende para sí mismo un prestigio lírico y social como el de sus grandes modelos modernistas y que no sabe muy bien cómo superarlos, con esa actitud suya de hombre cínico, machista y dispuesto a follárselas a todas.
De Umbral me gusta su tristeza. Un pesimismo de fondo, que corrompe su apariencia de hombre frívolo. El desastre de Umbral, airado y sin importancia; que se trasluce en esas novelas umbralianas, a su vez desastrosas. En cierto modo Umbral fue un antinovelista, al igual que Nicanor Parra dice ser un antipoeta. Las novelas de Umbral son en efecto un desastre absoluto, sin estructura, contruidas casi por azar, con un recorrido caprichoso y sin una trama a la que agarrarse para seguir leyéndolas. Sus novelas son como meterse en la cabeza de Umbral, el personaje, y entrar de lleno en sus divagaciones de escritor ilustre, pedantorro, afrancesado, decadente y follador literario. Umbral te lo cuenta todo al mismo tiempo; él lo llama en sus libros "simultaneidad".
Francisco Umbral fue un cobarde. No supo sufrir el desprestigio y la pobreza. Se escondió siempre destrás de sus ilustres valedores, arrimándose sin pudor a las ascuas del poder; comportándose, sobre todo al final, en las últimas décadas de su vida de escritor, como un bufón derechorro y conservador, utilizando ese supuesto virtuosismo suyo para divertir a la derecha rancia que lo acogió al final. Dejó inédito un libro cobarde, dirigido a su mujer, compañera silenciosa en sus años locos de follamodernas en la Movida. Un libro triste y cobarde en el que le dice que no la ha querido nunca, pero que le agradece que siempre haya estado ahí, fiel (ella sí), soportando sus desaires y sus flirteos, para que él pudiera sentirse un poco menos perdido.
sábado, 12 de mayo de 2012
Dice ella
que toca ser
felices.
El año que viene
puede ser peor.
Están despidiendo
gente. No
podemos
permitirnos
afrontar
las cosas
deprimidos.
No estamos tan
mal, dice
ella.
Que lo peor
nos pille
fuertes
y alegres.
Ya, le digo,
va por ti.
Y destapo un nuevo
botellín de cerveza.
A tu salud...
que toca ser
felices.
El año que viene
puede ser peor.
Están despidiendo
gente. No
podemos
permitirnos
afrontar
las cosas
deprimidos.
No estamos tan
mal, dice
ella.
Que lo peor
nos pille
fuertes
y alegres.
Ya, le digo,
va por ti.
Y destapo un nuevo
botellín de cerveza.
A tu salud...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








